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CAPITULO III CONVENTO DE TULCAN Cuando el señor gobernador de Imbabura enaltecía ante el ministro de Estado el influjo de los capuchinos en la renovación moral del pueblo, no intentaba justificar la contribución oficial a su estableci– miento definitivo en Ibarra. Refería lisa y llanamente los efectos palpables de su labor apostólica. Para el mes de octubre de 1874 habían dado misiones en toda la diócesis ibarreña, que comprendía la provincia de Imbabura y el cantón del Carchi, salvo las poblaciones de Tulcán, Huaca y Angel, en que culminaron sus conerías de aquel año. El ambiente era propicio; puesto que exceptuando ciertas demasías etílicas, el rutinario abandono de las prácticas religiosas y tal cual irregularidad libertina, ni se oían blasfemias o perjurios ni circulaban libros de mala especie. Del último pueblo misionado, Tumbaviro, aseguró el capitán de policía que no quedaron veinte personas sin con– fesarse. "Al marchar de cada pueblo salimos de la iglesia en procesión con el estandarte de la Divina Pastora, cantándole gozos y el pueblo nos despide con lágrimas; a cosa de un cuarto de legua de distancia, nos volvemos de cara a la población y la bendecimos con el estandarte, que por último arrollamos y ponemos en su cajita; levántase un llanto general, increíble para muchos habitantes de esa Europa; marchamos montados a escape y nos es preciso mandar al pueblo que no nos siga (1 ). En Tulcán tuvieron tal resonancia las misiones, que entre ocho confesores no podían atender, durante todo un mes, a los muchos penitentes que se agolpaban en torno de los confesionarios. Hasta de la vecina Colombia acudieron más de quinientos. 33
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