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227 entonces el indio tuvo miedo y se fué sin poderlo evitar. «Entonces -dice Fr. Crispín--yo 1~ dejé allí mismo todo: los dos machetes, el hacha y el cinto, y regresé al rancho. Aun no había llegado donde estaban los demás cuando apareció otra vez el indio, cogió lo que yo dejé, y, mostrando los regalos, se puso a saltar con ale– gría, y luego desapareció. A las dos horas ya estaba de vuelta en el mismo sitio, enseñándonos una manta de ellos, nueva; pero el Vicario Apostólico y los otros Jefes no quisieron que yo fuera a recogerla, esperando que el indio llegara a nosotros. Al mismo L.~ - - ~~~----- El Vicario Apostó lico entre los ind ios n1u hlonc s r1~c ié n redu cidos tiempo, por todas partes nos llamaban olros indios para que cam– biásemos machetes por mochilas y otras curiosidades. Como el indio primero vió que no íbamos a recoger la manta que nos ofrecía, acabó por ponerse bravo, y se fué. En el mismo momento desapare– cieron todos los otros. Aquella noche nos pareció un siglo, espe– rando que amaneciera para ver si los indios llegaban nuevamente, pero ni uno solo se acercó. Gran tristeza sentimos todos el día 5 al considerar que quizás los indios de la víspera se fueron bravos, tal vez tomando por desprecio el no haber recogido la manta, que podría ser regalo del Caporal de ellos». El Vicario Apostólico, confiando en las promesas que tenía hechas a la Divina Pastora, no perdió la esperanza de poder llegar al fin propuesto. El día 6, el Vicario Apostólico envió una comisión
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