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226 salida, que debería ponerse en marcha el 1 del próximo septiembre. La nueva expedición componíase ele setenta hombres, comandados por el General Lafaurie, presidida por el Vicario Apostólico, a quien acompañaba Fr. Crispín de Palma. Por caminos que iban abriendo, por sendas y vericuetos impo– sibles de transilar, cayendo y levantándose continuamente, sin po– der volver atrás por lo difícil y escabroso del camino, al fln , a las cuatro de la tarde del primer día, llegaron a unos ranchos donde había grandes maizales y bastante yuca, y como el lugar era bueno se detuvieron a descansar y allí pasar la noche. La ropa del Vicario Apostólico estaba como si la hubiesen echado al agua, de tanto como sudó, y hubo que encender fuego para ponerla a secar . Al siguiente día, después del desayuno, el Vicario Apostólico envió cuarenta hombres adelante para que vieran dónde estaban los indios. Estos pronto comenzaron a presenlarse, porque estaban escon– didos en 1111 gran cerro, a unos veinte minutos de los ranchos, y uno de ellos subió a la cima del cerro y desde allí la emprendió a gritar, diciendo: «Mochila, machete; mochila, machele», y eslo lo repilió mil veces. Eran como las diez de la mañana, y el Vicario Apostólico dis– puso que Fr. Crispín fuese y hablara al indio en idioma guajiro, por ver si enlendía . «¡Cosa admirable! Apenas empecé a hablar- dice Fr. Crispín-el indio se calló poniendo mucha atención a mi chapu– rreado lenguaje y no volviendo a decir nada hasta que yo acabé. El Vicario Apostólico y tocios los presentes estaban admirados, al ver la atención del indio oyendo hablar el idioma guajiro, y más se admiraron cuando al terminar yo de hablar, se fué el indio, volviendo luego con otro.» Todo el día permanecieron los indios en el cerro, retirándose a las seis de la tarde. La noche se pasó tranquila111e11le . Hacia las diez horas ele la tndñana del día 4 regresaron los que habían marchado, dando la buena noticia ele que los ind ios se habían acercado a ellos y les habían regalado una mochila, lo que produjo gran contento en tocios y especialmente en el Vicario Apos– tólico, al ver el fruto de tanto esfuerzo y sacrificio. Comenzaban a tomar café los expedicionarios, cuando se presentó otra vez el indio, gritando: «Machete, mochila; machete, mochila». Al momento, dispuso el Vicario Apostó lico que Fr. Crispín fuera donde eslaba el indio y le enlregase dos machetes . Fr . Crispín se acercó al indio, pero, en aquel momento, el Vicario Apostólico envió un hacha y un cinto para que se los ofreciese como regalo, mas

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