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»Dios tenía dispuesto que ese día lo celebrara ya en el cielo, ador– nado con la palma del martirio, pues la tal criada hacía unas sali– das desacostumbradas. Y un día, sin decir nada a la señora, hasta se quedó una noche y virl.o al otro día ya tarde sin dar satisfacción a nadie. Entonces se temió más si ella sería capaz de haber hecho alguna denuncia; y el padre propuso marcharse a una pensión. Pero los señores le dijeron que tal vez no pasaría nada, por el deseo de que no se marchara, y como él no tenia documentación para poder andar por la calle, decían le cogerían en segUida. Ultimamente estaba. casi siempre con nosotras, leyendo algún libro, y algunas veces le veíamos que paraba de leer, y se ponía pensattvo. Le preguntábamos qué le pasaba: cNo sé si marcharme», nos decía. Mas nosotras le decíamos: c:Si no tiene V. R. documentación le cogerán enseguida.» c:Claro, sea lo que Dios quiera.» Después de este relato y de la circunstancia de haber declarado el siervo de Dios al portero para que Ie dejara entrar que era el Supe– rior de los Capuchinos de El Pardo, cualquiera que hubiera vivido aquella etapa del terror jacobino podía suponer con fundamento lo que esperaba al buen padre Alejandro. VII Venimos por el Superior de lOs Capuchinos de El Pardo. Soy el Superior.-En marcha con los asesinos.-Marti– rizado. La suerte del siervo de Dios estaba echada. Más tarde o más tem– prano debía sucumbir porque era religioso, con la agravante por parte de los sin Dios de ser Superior. ¿Sacerdote..., religioso... , Superior? Gravisimos delitos que merecían la muerte cada uno de ellos. y a la muerte debía de ser él también conducido. En efecto, era el día de la Asunción de la Santísima Virgen a los cielos, cuando la familia recibió aviso telefónico de que habían registrado una casa y de que también iban a reg.istrar la suya. Al poquísimo tiempo llaman fuer– temente a la puerta del piso unos trece milicianos armados, quienes, al presentarse la señorita para atenderlos la dijeron: cVenimos por el Superior del convento de El Pardo.» Yo exclamé entonces: c:¡Ay, qué pena!» Salió el padre a un pasillo de la casa, entablándose entre él y lo3 milicianos este breve diálogo : c-¿Quién eres tú? »-Soy profesor (lo cual era verdad). »-¿No eres el Superior del convento de El Pardo? 214

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