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aquellos momentos) con tranquilidad, y que se lo ofreciéramos a Dios.:t (José Roiz González.) «Mas viendo que aquello no surtia efecto (las bombas arrojadas), varios bajaron a la bodega, y arbitrariamente iban señalando a los que querían, indicándoles que subleran sobre cubierta, y a manera que iban subiendo, calan muertos a tiros con arma de fuego. Buen número de ellos había sido ya asesinado cuando uno de los mili– cianos que daban la orrden de subida, se fijó en el padre Ambrosio y le dijo: «Tú que tienes cara de cura, arriba también., Y el padre Ambrosio, sereno y resuelto, sin alegar nada, sin reparo de ning.una clase, subió a la cubierta del barco para sucumbir inmediatamente y caer sobre los cadáveres de los otros que ya habían sido asesina– dos.:. (José Bustamante Hereña.) «Ya en la bodega, yo oí peiffectamente cuando un miliciano, fi– jándose en el padre Ambrosio, le dUo: «Tú que tienes cara de cura, arriba también.:t Y el padre Ambrosio, firme, tranquilo, sereno, con paso natural y resuelto, salió al instante de entre los demás dete– nidos y marchó hacia la escalera que le conduela sobre cubierta y a la muerte. Cuando ya se encontraba en la escalera, se volvió de cara a los que quedábamos, y sonriente, con la sonrisa de alma justa, nos hizo la inclinación de despedida. Subió arrtba sobre cubierta, y a los pocos instantes, a tiros, caia su cuerpo sobre los cadáveres de los que habian sido asesinados antes que él lo fuera., (Julio Pereda Aven– daño.) «En un momento dado, los milicianos se fijaron en el padre Am– brosio y le dijeron: «Tú que tienes cara de cura, arriba también.:t Debo añadir que al decirle tú que tienes cara de cura, respondió: «Soy sacerdote., Y el padre Ambrosio salió tranquilo inmediatamen– te para el sacrificio; subió la escalera sin desmayos, y a tiros le die– ron la muerte., (Isidro González Gutiéu'rez.) «Al bajar a la bodega los milicianos o jefes de la F. A. I. para seleccionar a los que hablan de matar, nos formaron en dos: filas, después de habernos tirado en la bodega vanas bombas de mano para amedrentamos; el padre Ambrosio, que seguramente habria perdido su visera en el ejercicio de sus actividades espirituales y mi– nisteriales en favor de sus compañeros presos, al verle calvo, con gafas y descolorido, le dijeron estas palabras: «Tú, para arriba, que tienes cara de cura., Y el padre no dudó un momento en subir, y con entera valentía y serenidad subió aquella faticttca escalera de mano que comunicaba la bodega con la cubierta, donde les daban muerte. Al pasar por delante de mi me: dijo en voz baja que le diera la abso– lución., (Presbítero Victoriano Morante Vélez.) «Mandaron subir primero a don Vicente Poo, porque era sacer- 171

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