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nes, y las demás, hermanas. Fruto de la educación catól~ca recibida de sus padres, fué el que cuatro de los mismos se consagraran al servicio del Sefior. El mayor, llamado Claudio, inició la carrera ecle– siástica para el estado sacerdotal secular, muriendo sin poder al– canzar sus encomiables aspiraciones, en el Seminario Conciliar de León, antes de terminar los eSitudios. Francisco, que }ngresó en la Orden Capuchina después del ¡padre Gregorio, de quien verá algu– nos datos más adelante el lector. Julita, que ingresó en el convento de Clarisas de Valdemoro con el nombre de sor María del Carmen, viviendo y muriendo como religiosa buena y ejemplar sobremanera, como lo han ponderado sus Superioras y hermanas de hábito. Los demás se llamaron Eduvigis, María, Isabel, F·elipe, Felipa, Petra y Antonio, todos ya fallecidos, menos Eduvigis y !Petra. (Salustiano Fernández.) El niño Quiríno era de carácter bondadoso, devoto, algo tímido y muy aplicado en la escuela del pueblo, que frecuentó desde su más tierna edad. Acerca de él ha llegado buen número de cartas de sus paisanos y contemporáneos, enviadas por el señor cura párroco, en las cuales dan detalles de su niñez y de las imipresiones que dejó, ya religioso, cuando visitó alguna que otra vez el pueblo natal. Unos diC€n que en la escuela era el más aplicado de todos los niños. Otros, que era de carácter muy alegre, por lo cual resultaba ,g.rata su com– pañía. Quienes aseguran que fué en todo muy obediente a sus pa– dres y mayores. Quienes que en sus raras visitas a la familia, pre– dicando al pueblo aconsejaba la obediencia a los padres, el rezo del santo rosario, la educacíón cristiana de la familia, especialmente viendo cómo se ponían las cosas en ttempo de la República. Una de esas sencillas cartas traza del siervo de Dios el siguiente laudable cuadro: «Su carácter fué siempre sumiso, lo que resaltaba más por su humildad y obediencia pronta y alegre. Siempre fué .afable en el trato con los demás; por su parte, nunca había ruidos; antes: al contrario, procuraba la paz. En el templo daba ya desde su tierna edad señales de piedad, sumamente recogido y con la vista concen– trada. Era asiduo en frecuentar los santos sacramentos de Peniten– cia y Comunión en todas las festividades y novenas. Después de ser religioso, cuantas veces estuvo en el ¡pueblo era tal su compostura, que sacábamos la impresión de estar hablando con un santo; a to– dos edificaba con su ejemplo y exhortaba hacia el bien con su par labra.» (Juana FeJrnández.) Por su parte, doña Dolores López del Blanco, contemporánea del padre Gregario, en pocas líneas encomia su conducta durante la in– fancia y primera juventud : «Todos--dice-, ya desde nifio, le tenía– mos por un santo; tanto, que nunca en su presencia permitía ni 116

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